- Mujeres, niñas y adultas, figuran como las más afectadas por una práctica que trastorna la dinámica de quienes la sufren.
Entre 2020 y 2025, el Ministerio Público (MP), registró 59 mil 331 denuncias por violencia sexual, mientas que, se acuerdo con la Secretaría contra la Violencia Sexual, Explotación y Trata de Personas (SVET), estas denuncias permitieron identificar a 85 mil 167 personas agraviadas en dicho periodo.
Del total de víctimas identificadas, 67 mil 819 son mujeres, con una concentración de casos en adolescentes de 13 a 17 años. Asimismo, entre 2023 y 2025, el Ministerio de Salud Pública sumó 6 mil 486 niñas menores de 14 años que recibieron atención prenatal por primera vez, indicador que la institución vincula con la violencia sexual.
“Más allá de las consecuencias inmediatas, una experiencia de violencia sexual puede afectar diferentes áreas de la vida cotidiana, según la persona y de sus circunstancias”, explicó la psicóloga Doris Parada. Entre las posibles manifestaciones se encuentra dificultades para concentrarse, dormir, relacionarse, sentirse segura o disfrutar actividades que realizaba con normalidad. Añadió que estas manifestaciones no permiten, por sí solas, establecer un diagnóstico psicológico.

Parada señaló que una persona que ha sufrido violencia sexual puede continuar con sus actividades aparentemente con normalidad, estudiar, trabajar o mantener su rutina, pero no significa necesariamente que no exista malestar psicológico, ya que cada ser humano procesa de manera diferente una experiencia de violencia.
“A corto plazo las victimas experimentan ansiedad, síntomas depresivos, alteraciones del sueño, dificultades de concentración, miedo, culpa o respuestas relacionadas con experiencias traumáticas”, destacó Parada. Además, puntualizó que es importante hablar de posibles consecuencias y no asumir que todas las personas desarrollarán un trastorno.
Para el psicólogo Josué González, las consecuencias de la violencia sexual no se limitan a los efectos físicos y psicológicos de la agresión. “La carga social y el estigma pueden añadir nuevas dificultades para la persona afectada”, destacó.
El profesional indicó que los cuestionamientos del tipo “¿Por qué no hablaste antes?”, “¿Por qué hiciste eso?” o “¿Por qué no avisaste?”, pueden hacer que la persona quede atrapada en una obsesión por la culpa. Esta situación puede presentarse no solo en el entorno familiar, sino también en instituciones, comunidades, iglesias y otros círculos de apoyo, lo cual puede hacer que la víctima sea culpabilizada, cuestionada o responsabilizada por lo ocurrido, lo que a su vez puede dificultar que busque ayuda.

“La responsabilidad por ejercer la violencia corresponde a quien la ejerce. El abordaje de estos sentimientos requiere escuchar y acompañar sin juzgar; el entorno cercano también puede influir en la recuperación”, expuso Parada. Subrayó que cuando es cuestionada, juzgada o responsabilizada por lo ocurrido puede experimentar una forma adicional de daño conocida como revictimización.
Por otro lado, González manifestó que los mitos y el estigma pueden causar que las víctimas guarden silencio, tengan dificultades para revelar lo sucedido o incluso para buscar ayuda, las consecuencias de la violencia sexual no se limitan a los efectos físicos y psicológicos de la agresión. “La carga social y el estigma pueden añadir nuevas dificultades para la persona afectada.”, puntualizó.
Parada resaltó que las personas víctimas de violencia sexual pueden requerir ayuda psicológica, cuando las emociones, pensamientos o cambios posteriores generan un malestar significativo o interfieren con su vida cotidiana, relaciones, estudios, trabajo, sueño o bienestar.
La especialista finalizó en que la necesidad de atención debe valorarse de acuerdo con las circunstancias de cada persona, sin asumir que todas reaccionarán de la misma manera ante una experiencia de violencia.