Una fecha, dos visiones

En octubre de 2021, manifestantes intentaron derribar el monumento de Cristóbal Colón como expresión de rechazo al legado de la conquista española. (Foto: RRSS / AUN) En octubre de 2021, manifestantes intentaron derribar el monumento de Cristóbal Colón como expresión de rechazo al legado de la conquista española. (Foto: RRSS / AUN)
En octubre de 2021, manifestantes intentaron derribar el monumento de Cristóbal Colón como expresión de rechazo al legado de la conquista española. (Foto: RRSS / AUN)
  • El 12 de octubre genera posturas antagónicas respecto de un acontecimiento que marcó a dos continentes y que cada año es un ir y volver.

Un grupo de manifestantes intentó derribar la estatua de Cristóbal Cólon en la avenida de las Américas en la zona 13 capitalina, el 12 de octubre del 2021, como una expresión de rechazo a la herencia española derivada de la conquista. Según cobertura de Prensa Libre, los manifestantes rodearon el monumento con cuerdas y tiraron repetidas veces, sin conseguir lo que buscaban, pues de repente cayó un panal cercano.

Simultáneo a este hecho otro grupo trató de abatir el monumento del general José María Reina Barrios. Al respecto, Daniel Pascual, representante del movimiento Dignidad de los pueblos indígenas, asegura que su colectivo únicamente se pronunciaba de manera pacífica, por lo que no compartía lo anterior.

¿Por qué podría incomodar un monumento inaugurado hace más de 100 años?

La estatua de Cristóbal Colón, colocándolo sobre el globo terráqueo denota que el mundo está a sus pies, sostenido por los mismos hombres que sostienen el planeta tierra, con la frase “Plus Ultra” dándole significado: “Ver más allá del límite conocido”. El monumento también es acompañado por un quetzal que representa a los habitantes ya existentes en América.

Este monumento fue encomendado al escultor Tomás Mur para la celebración del cuarto centenario del “descubrimiento de América en 1896”, como un agradecimiento a España por su cultura. De esa manera, que Estado del siglo XIX decidió recordar.

Artemis Torres Valenzuela, historiadora y ex directora de la Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos de Guatemala, subraya que no hay que convertir en héroe a Cólon como el precursor o bien el que marcó toda la historia y de quien deberíamos estar agradecidos. Critica que durante décadas se ha enseñado la historia del descubrimiento y conquista que solo narra, pero no explica, por lo que se le idealiza.

La estatua de Cristóbal Colón, ubicada en la avenida de las Américas, zona 13 capitalina, representa una visión histórica que ha sido cuestionada por distintos sectores sociales. (Foto: Vamos por Guate / AUN)
La estatua de Cristóbal Colón, ubicada en la avenida de las Américas, zona 13 capitalina, representa una visión histórica que ha sido cuestionada por distintos sectores sociales. (Foto: Vamos por Guate / AUN)

No solo es describir el hecho de los 3 viajes, sin analizar quién los financió, ni mucho menos las intenciones de los reyes católicos, que poco antes se habían librado de los musulmanes, y buscaban fortalecerse económicamente, luego de que se unificaran los reinos de Aragón y Castilla.

El también historiador y ex secretario de la unidad académica citada, Walter Gutiérrez, asienta que es un error analizar una secuencia de hechos como si fuese una sola jornada, por lo que es importante separar la llegada, que no fue directamente a tierras guatemaltecas, sino del caribe, seguidos 3 viajes en donde se toman decisiones y se establecen planes por parte de la Corona, para luego dar paso al enfrentamiento militar y luego a la conquista.

Edmundo O´Gorman en su texto la “Invención de América” cuenta cómo toda la narrativa se ha establecido y sigue dominando desde la interpretación de una hazaña europea que los convierte en protagonistas de todo lo que hoy Latinoamérica es, tratándose de dar a entender todo empezó a existir cuando España la descubrió, eliminando por completo la posibilidad de un aporte tanto cultural como social a los pueblos originarios.

El analista Enrique Álvarez resalta que hace más sentido hablar de “Encuentros de Dos Mundos”, ya que esto permite analizar los puntos positivos y los negativos. Asimismo, enfatiza que uno de los mayores elementos en contra para quienes los recibieron (habitantes de la hoy América) es la innumerable cantidad de enfermedades que traían consigo los españoles.

Artemis Torres, explica que el 12 de octubre continúa generando debates en Guatemala sobre la conquista española, la resistencia indígena y la interpretación de la historia. (Foto: CECEG / AUN)
Artemis Torres, explica que el 12 de octubre continúa generando debates en Guatemala sobre la conquista española, la resistencia indígena y la interpretación de la historia. (Foto: CECEG / AUN)

Álvarez refiere que vale la pena ver desde la perspectiva de que el sincretismo siempre trae consigo un aporte para las sociedades que reciben, tanto en lengua, como en literatura, en avances de la medicina moderna y otras prácticas religiosas, que colocadas desde una postura de libertad de ejecución pueden ser de mayor provecho.

Álvaro Caballeros, politólogo y sociólogo, destaca que 200 años posteriores a la independencia se siguen reproduciendo situaciones que limitan el ejercicio de los derechos por parte de la población indígena.

La celebración cambia de dueño

En 1892, cuando se cumplieron cuatro siglos de la llegada de Colón, Guatemala organizó desfiles y colocó la primera piedra del monumento. Fernández Ordóñez reconstruye ese programa cívico y el encargo posterior de la escultura. La antropóloga Claudia Dary Fuentes, en el boletín Q’atzij de la USAC, recuerda que durante buena parte del siglo XX escolares guatemaltecos también escenificaron el antiguo “Día de la Raza” vestidos de españoles o indígenas. La ceremonia podía parecer inocente; la distribución de los papeles ya decía quién protagonizaba el acontecimiento y quién aparecía como fondo, con mucha menos importancia.

La celebración de la “raza española” cobró impulso en la España de comienzos del siglo XX. Décadas después, la Ley 18-1987 fijó el 12 de octubre como Fiesta Nacional de España y lo presentó como símbolo de la proyección de su lengua y su cultura fuera de Europa. La ley explica una decisión estatal española, no la opinión de todos los españoles ni una obligación para Guatemala, o bien que haya sido considerada su posición o el pensar colectivo de los conquistados.

En ese marco, Gutiérrez advierte que la fecha arrastra una fuerte carga política e ideológica. En el calendario guatemalteco, el mismo día convocaba una pregunta diferente: ¿por qué debía celebrarse como una hazaña compartida aquello que había sido contado, durante tanto tiempo, desde una sola orilla?

Organizaciones y autoridades ancestrales reivindican el 12 de octubre como una fecha para recordar la resistencia de los pueblos originarios y exigir el respeto de sus derechos. (Foto: GEMINI / AUN)
Organizaciones y autoridades ancestrales reivindican el 12 de octubre como una fecha para recordar la resistencia de los pueblos originarios y exigir el respeto de sus derechos. (Foto: GEMINI / AUN)

La controversia pasó de los manuales escolares a la organización política. Del 7 al 12 de octubre de 1991, Quetzaltenango recibió el Segundo Encuentro Continental de la Campaña 500 Años de Resistencia Indígena y Popular. Dary documentó que llegaron representantes indígenas de distintos países y que la reunión colocó sus demandas en el centro, un año antes del quinto centenario. No era una simple respuesta a una palabra ofensiva. Se discutía quién podía contar la historia y presentarse, en el presente, como sujeto de derechos.

Caballeros explica por qué aquel cambio no podía limitarse al vocabulario. Un acto cívico, un libro o un monumento ordenan la memoria pública: hacen que algunas voces parezcan naturales y otras, una interrupción. Para quien veía en 1492 el inicio de un despojo, la vieja fiesta nunca había sido una fiesta común. Por eso el giro de 1991 no dividió una memoria que antes fuese idéntica para todos; permitió que apareciera un desacuerdo hasta entonces poco visible en las ceremonias oficiales.

En octubre de 1992, el contraste se volvió imposible de ignorar. El Comité Nobel anunció el día 16 el Premio de la Paz para Rigoberta Menchú por su trabajo en favor de la justicia social y el respeto de los derechos de los pueblos indígenas. La noticia llegó cuatro días después de la efeméride de los quinientos años. El galardón no resolvió las disputas históricas, pero hizo visible internacionalmente que el aniversario no pertenecía únicamente a la memoria del navegante. También había personas organizadas para decir qué habían significado esos cinco siglos desde otra experiencia.

Torres observa que este cambio obliga a revisar la enseñanza, no a borrar la fecha. Una clase que solo pide memorizar el nombre del navegante y sus barcos puede ordenar una secuencia, pero difícilmente explicará, qué pueblos habitaban el continente y por qué el relato posterior eligió a un héroe, que desde los valores morales y religiosos que su cultura profesaba podría calificarse como pecado.

En el aula, “resistencia” no debería funcionar como una nueva respuesta para repetir sin examen; su valor está en permitir que los sujetos antes relegados entren en la explicación. La discusión, entonces, deja de ser sobre como etiquetar de manera correcta y se convierte en una pregunta por la evidencia, que al final debería de generar un juicio, un criterio y hasta una síntesis de lo ocurrido.

Mientras algunos sectores destacan los intercambios culturales derivados de la llegada de los españoles, otros enfatizan la violencia, el despojo y las desigualdades que produjo la conquista. (Foto: Library of Congress / AUN)
Mientras algunos sectores destacan los intercambios culturales derivados de la llegada de los españoles, otros enfatizan la violencia, el despojo y las desigualdades que produjo la conquista. (Foto: Library of Congress / AUN)

Un nombre oficial, varias prácticas

En 1995, Guatemala declaró el 12 de octubre “Día de la Unidad Nacional” mediante el Acuerdo Gubernativo 512-95. El Congreso de la República recuerda esa denominación al referirse a la diversidad étnica y cultural del país. El cambio no empató los conceptos ni los derechos ni los arraigos: propuso un horizonte de convivencia. La historiadora Marta Elena Casaús Arzú considera la conmemoración una oportunidad para revisar y renegociar la memoria. Esa tarea no se cumple por decreto. Un acuerdo puede fijar el calendario; no puede garantizar que sus habitantes interpreten del mismo modo lo ocurrido ni lo que heredaron.

Hans Quevedo, politólogo y docente universitario, califica como importante esa diferencia. Prefiere hablar de conmemoración y no de celebración, pero teme que la crítica a la antigua fiesta termine “vaciando” la fecha de interés histórico. Su preocupación no supone volver a los actos escolares que elogiaban sin matices la conquista. Pregunta qué relato ocupará su lugar si el país conserva el día, pero se suprime alguno de los dos lados de la historia. La respuesta no depende de repetir “unidad” con más insistencia: depende de lo que se haga con esa palabra.

Gutiérrez aporta una condición para ese diálogo: no mezclar la expedición, las conquistas y toda la vida colonial como si fueran el mismo episodio. Separarlos no reduce la gravedad de sus consecuencias; permite establecer responsabilidades y cambios con precisión. La fecha de octubre funciona como puerta de entrada, no como un recipiente capaz de contener tres siglos. Así se evita tanto una celebración sin contexto como una condena que atribuya al instante del desembarco todo lo sucedido después.

En las entrevistas aparece un hecho que ningún cambio de nombre anula: Guatemala conserva prácticas nacidas de historias entrelazadas. Caballeros alude comidas, cofradías y expresiones religiosas que no encajan en un relato de culturas aisladas. Pero convivir o compartir costumbres no prueba que la relación histórica haya sido igualitaria o más equitativa. La unidad convence cuando admite ambas cosas a la vez: que hubo apropiaciones culturales propias y que las oportunidades de decidir, enseñar y representar esas culturas no se reprodujeron por igual.

La distancia entre norma y vida cotidiana se ve incluso en el descanso. El 12 de octubre no figura entre los asuetos generales del artículo 127 del Código de Trabajo de la Republica de Guatemala. El día puede pasar como jornada laboral corriente mientras recibe nombres distintos en actos, publicaciones y manifestaciones. Quevedo teme que, al abandonar la “antigua” fiesta, quede solo una fecha incómoda de la que nadie quiera hablar. Pero su escasa solemnidad oficial no la hace irrelevante: significa que cada institución o colectivo decide si habrá una ceremonia y qué se recordará en ella. El acuerdo estatal abrió una fórmula; dejó pendiente la práctica que podría darle contenido.

Hans Quevedo, junto a otros expertos considera necesario revisar la enseñanza del descubrimiento de América para incorporar las experiencias y aportaciones de los pueblos indígenas. (Foto: Cortesía / AUN)
Hans Quevedo, junto a otros expertos considera necesario revisar la enseñanza del descubrimiento de América para incorporar las experiencias y aportaciones de los pueblos indígenas. (Foto: Cortesía / AUN)

Para Torres, esa práctica comienza por explicar en vez de idealizar. Si una escuela toma la imagen del monumento como documento, puede preguntar por qué Colón aparece arriba y qué significaban sus emblemas para quienes lo encargaron en 1896. Puede colocar esa imagen junto a la memoria de quienes organizaron el encuentro de Quetzaltenango en 1991. La comparación no elimina el conflicto, pero impide que el alumnado confunda un homenaje con toda la historia concluida allí.

La disputa vuelve a la plaza

Criticar una escultura, manifestarse por derechos indígenas y atacar un bien público son acciones distintas. Confundirlas permitiría reducir todo el debate del 12 de octubre a la conducta de un grupo cuya pertenencia a las marchas no quedó establecida en esa cobertura.

El caso tuvo una continuación judicial que suele perderse cuando solo se recuerda la fotografía de la estatua dañada. En marzo de 2023, un tribunal absolvió a Rudy López Pablo, acusado por los daños al monumento de Reina Barrios. Según la sentencia reseñada, las pruebas presentadas no bastaron para demostrar la condición patrimonial de esa escultura; el juez también pidió investigar declaraciones de agentes policiales. La absolución se refiere a ese proceso y a ese monumento, no determina quién tiró de las cuerdas de Colón ni resuelve el sentido de la conmemoración. Sí muestra por qué una imagen de protesta no reemplaza una investigación de hechos y responsabilidades.

Caballeros destaca que se debe permitir ver en el espacio público algo más que un decorado. El pedestal enseña, aun cuando nadie lea la placa: selecciona quién merece permanecer visible. Ese argumento permite examinar el programa simbólico del monumento sin justificar su destrucción. Proteger una pieza histórica tampoco obliga a adoptar como verdadera la narración que la erigió. La pregunta productiva para la ciudad no es solo si la escultura debe quedarse, sino qué información permite al transeúnte entender por qué fue levantada y por qué el 12 de octubre vuelve a hacerla discutible.

Torres añade otra precaución. Si la única conversación comienza cuando se intenta derribar una estatua, la historia queda atrapada entre la exaltación y el rechazo al objeto. El monumento puede leerse también como una fuente sobre la Guatemala que celebró el cuarto centenario, con sus aspiraciones de progreso y sus exclusiones. Ese ejercicio no exige atribuir a cada figura de bronce las intenciones de todos los habitantes de entonces. Exige distinguir lo que está documentado, lo que se interpreta y lo que todavía habría que preguntar a quienes hoy transitan por la plaza.

Dos años después de las cuerdas, otra escena ocupó el 12 de octubre. Frente al Ministerio Público, en el barrio Gerona de la capital, autoridades indígenas realizaron la ceremonia maya con la que iniciaban cada jornada de protesta. Las fotografías colgadas en redes sociales registran velas, flores y a niños de Chimaltenango tocando marimba. Aquel día llamaron a mantener la manifestación pacífica. Llevaban once días exigiendo la renuncia de autoridades del Ministerio Público y defendiendo el resultado del proceso electoral. Para ellos, “resistencia” nombraba a la vez una memoria de larga duración y una acción presente.

Guatemala conserva tradiciones, expresiones religiosas y prácticas culturales que reflejan procesos históricos de intercambio y sincretismo entre distintas comunidades. (Foto: GEMINI / AUN)
Guatemala conserva tradiciones, expresiones religiosas y prácticas culturales que reflejan procesos históricos de intercambio y sincretismo entre distintas comunidades. (Foto: GEMINI / AUN)

La coincidencia con la efeméride importa, pero no debe absorber el motivo de la protesta. Las autoridades ancestrales no estaban frente al Ministerio Público para representar una escena de 1492; reclamaban por hechos políticos de 2023. El 12 de octubre les ofreció un lenguaje histórico para hablar de su capacidad actual de organización. Caballeros encontró allí una dimensión que la palabra “unidad” no consigue por sí sola: las comunidades no aparecen solo en la fotografía del pasado, sino como actores que intervienen en decisiones nacionales. Esa es una prueba concreta para cualquier conmemoración que diga incluirlas.

En 2024 hubo otra respuesta pública. Del 8 al 12 de octubre, organizaciones del espacio “Abya Yala Soberana” celebraron en Guatemala un encuentro continental sobre decolonialidad y buen vivir. Su programa concluía con una declaración en el Parque Central. Se trató de una iniciativa distinta del encuentro de Quetzaltenango de 1991, no de su siguiente edición. La antropóloga Dary había descrito el giro de los años noventa como el paso de una imagen folclórica de los pueblos indígenas a su actuación como sujetos políticos. Tres décadas más tarde, reuniones de este tipo muestran que la fecha sigue sirviendo para elaborar propuestas, no únicamente para rechazar una vieja ceremonia.

La secuencia deja una conclusión intermedia: ni el intento de derribar una estatua, ni la ceremonia de 2023, ni un encuentro de 2024 representan por sí solos a todos los pueblos indígenas. Son acontecimientos diferentes que ocurrieron bajo el mismo calendario. Caballeros desaconsejó convertir el indigenismo en un modelo único que explique experiencias distintas. En estos episodios, “resistencia” puede nombrar crítica del símbolo, defensa de derechos presentes y organización entre territorios. Aplanarlos en una sola postura hace perder lo que cada uno dice sobre la fecha.

Lo que cabe en una conmemoración

El reconocimiento de una herencia hispana tampoco necesita un relato único, dado a que son múltiples heridas como aportes a nuestra cultura viva hoy. Álvarez insiste en que los intercambios culturales son parte de la historia guatemalteca, pero no limpian retrospectivamente las relaciones de poder que los acompañaron.

Desde 1995, Guatemala reconoce oficialmente el 12 de octubre como Día de la Unidad Nacional, una denominación que busca promover la convivencia entre sus diversos pueblos. (Foto: GEMINI / AUN)
Desde 1995, Guatemala reconoce oficialmente el 12 de octubre como Día de la Unidad Nacional, una denominación que busca promover la convivencia entre sus diversos pueblos. (Foto: GEMINI / AUN)

Quevedo suma otro límite: responsabilizar a España de manera automática por cada problema del país actual dejaría fuera las decisiones tomadas por gobiernos e instituciones guatemaltecas después de la independencia. Las dos ideas conducen a una lectura más exigente del 12 de octubre: ni celebrar todo lo que siguió ni explicar el presente como si nada hubiese cambiado desde aquel viaje.

En el boletín Q’atzij, Dary cuestiona la palabra “raza” porque convierte una clasificación social en supuesto dato natural. Ese problema no desaparece al sustituir el nombre asignado en el calendario; persiste si las voces indígenas son convocadas solo para adornar un acto que otros diseñaron. La fecha puede tener un nombre integrador y una práctica excluyente. También puede llamarse “resistencia” y reducir vidas diversas a una identidad uniforme. Ninguna palabra cumple lo que promete sin preguntas sobre participación, representación y derechos.

Torres vuelve al punto inicial: narrar no basta. La biografía de Colón y la fecha de su llegada son datos indispensables, pero su repetición no explica por qué Guatemala estableció una estatua en 1896, cambió el nombre oficial en 1995, o vio a sus autoridades indígenas conmemorar el día frente al Ministerio Público en 2023 (Aunque se tratase de intenciones o intereses diferentes). Entre esos hechos hay decisiones políticas, formas de enseñanza y nuevos protagonistas. Leídos en secuencia, ofrecen una historia de la memoria pública guatemalteca, no una disputa eterna entre dos bandos inmóviles.

Caballeros plantea distinguir la coexistencia cotidiana de una interculturalidad en condiciones más horizontales. No es un asunto abstracto: si la fecha aspira a hablar de unidad, debe permitir que quienes han sido representados como personajes secundarios intervengan en la definición de lo que se recuerda. La comparación entre el monumento de 1896 y la ceremonia de 2023 muestra cuánto cambió el lugar de la voz indígena en el espacio público, pero también señala que no estamos a la altura de una interculturalidad, al ser evidente la falta de revuelo que cumplen los pueblos indígenas en la política guatemalteca, cuantificando los pocos representantes en el congreso y demás instituciones en el estado, con los que cuentan los pueblos originarios.

El debate sobre el significado del 12 de octubre continúa presente en las manifestaciones, los espacios académicos y las discusiones sobre la identidad guatemalteca. (Foto: GEMINI / AUN)
El debate sobre el significado del 12 de octubre continúa presente en las manifestaciones, los espacios académicos y las discusiones sobre la identidad guatemalteca. (Foto: GEMINI / AUN)

Una ceremonia capaz de decir qué ocurrió aquel día de 1492, qué procesos no caben en veinticuatro horas y por qué otras personas lo nombran de otro modo ofrece más que una celebración sin preguntas o una condena sin historia. Es también una forma de comprobar si la palabra “unidad” abre una conversación o únicamente tapa el desacuerdo, o en último caso lo omite o silencia.

Las escenas documentadas cuentan el desplazamiento: en 1892 se organizó el homenaje a Colón; en 1991, los pueblos indígenas se reunieron para disputar el relato del quinto centenario; en 1995, el Estado adoptó una fórmula de convivencia; en 2023, autoridades indígenas hicieron coincidir la memoria de resistencia con una protesta por hechos políticos actuales. No son estaciones de una marcha inevitable hacia el consenso. Muestran que una efeméride cambia cuando cambian quienes pueden usarla para hablar del presente.

El 12 de octubre no necesita una respuesta única a “¿quién descubrió a quién?” para merecer un lugar en la conversación pública. Necesita precisión para contar lo ocurrido en 1492 y atención a quienes han disputado su significado desde entonces, que la historia misma le ha dado diversidad de intenciones.

En la Plaza Cristóbal Colón permanece una imagen de la historia que el Estado quiso fijar; frente al Ministerio Público, en 2023, otras autoridades hicieron de la misma jornada una memoria en movimiento. Entre ambas escenas está el verdadero trabajo de la Unidad Nacional: no pedir silencio ante las diferencias, sino permitir que ninguna de ellas vuelva a quedar fuera del relato.

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