Trainspotting: pasaron 30 años y pregunto ¿Elegimos bien?

Hay películas a las que uno regresa por nostalgia. Otras sobreviven por melancolía. Y después están esas películas que funcionan como un espejo que guardamos en algún lugar de la casa y evitamos mirar durante años porque sabemos que, cuando volvamos a ponerlas, no vamos a encontrarnos con los personajes: vamos a encontrarnos con nosotros, con otras versiones que quizá olvidamos.

Hay películas a las que uno regresa por nostalgia. Otras sobreviven por melancolía. Y después están esas películas que funcionan como un espejo que guardamos en algún lugar de la casa y evitamos mirar durante años porque sabemos que, cuando volvamos a ponerlas, no vamos a encontrarnos con los personajes: vamos a encontrarnos con nosotros, con otras versiones que quizá olvidamos.

Trainspotting cumple 30 años y para mí pertenece a esa categoría. Es una de esas películas reconfortantes a las que regreso, aunque su historia no tenga nada de reconfortante. La vuelvo a ver y regreso al colegio, a los primeros años de universidad, a los primeros trabajos, a los primeros excesos y a esa edad en la que uno todavía cree que tiene tiempo suficiente para convertirse en la persona que imaginó.

En 1996, Trainspotting nos lanzó a la cara una provocación que parecía sencilla: «Choose Life». “Elegí la vida. Elegí un trabajo. Elegí una carrera. Elegí una familia. Elegí una casa…”. Elegí todas esas cosas que se supone que convierten a una persona en adulta y funcional. El problema es que aquel discurso no era un cuestionamiento a ese tiempo. Era una trampa, una premonición.

La película planteaba que la vida normal podía reducirse a una sucesión de obligaciones, objetos, deudas y rutinas que mantienen ocupado al individuo mientras la muerte espera al final del camino y la droga –cualquiera que sea la tuya– el único lugar para enajenarse. Renton no rechazaba únicamente una forma de vida: rechazaba la idea de que esa forma de vida fuera la única posible mientras consumía heroína… entiéndase el sarcasmo. Empero… 30 años después, la pregunta cambia.

¿Qué hicimos nosotros?

La Generación X –así nos llamaban entonces la publicidad de Pepsi– llegó a la adultez con la sensación de que podía escapar de aquello. Éramos los adolescentes que desconfiaban de las instituciones, que querían cambiar el mundo, que sospechaban de los adultos y que miraban la rutina como una derrota. Trainspotting encontró ese estado de ánimo y lo convirtió en una película donde la droga funcionaba también como una metáfora brutal de otra clase de adicción: la necesidad de escapar de una existencia que parecía predeterminada.

Y aquí viene la parte incómoda porque quizá el sistema no tuvo que derrotarnos, solo nos compró.

Terminamos con trabajos, alquileres –algunos afortunados con hipotecas–, deudas, horarios, responsabilidades y objetos que alguna vez juramos que no necesitábamos. Cambiamos la transgresión por la comodidad y después aprendimos a llamar madurez a esa operación. No todos terminaron ahí, por supuesto. Hay personas que encontraron maneras de transformar sus profesiones, sus familias y sus comunidades. Pero tampoco podemos fingir que aquella rebeldía juvenil produjo una generación completa de adultos dispuestos a incendiar el manual. La mayoría aprendió vivimos dentro de él, cómodos de 8 a 5 y sin prestaciones.

Por eso el monólogo Choose Life con el que comienza la cinta resulta más cruel ahora que en 1996. El monólogo no envejeció porque describiera correctamente el futuro. Envejeció porque nosotros terminamos confirmándolo.

La película tampoco necesita decirnos que las drogas destruyen vidas. Lo muestra. La abstinencia, la paranoia, la pérdida, la muerte, la destrucción de los vínculos y la degradación física convierten cualquier supuesto glamour en una mentira bastante difícil de sostener. Por eso resulta absurdo reducir Trainspotting a una apología. La película puede ser fascinante, divertida, musicalmente irresistible y visualmente desbordada sin convertir aquello que retrata en una recomendación.

La pregunta importante siempre estuvo en otro sitio: ¿de qué estamos escapando? Porque la heroína no era la única droga de la película.

También estaban el dinero, el consumo, la televisión, el sexo, la violencia, la rutina y esa necesidad permanente de anestesiar el aburrimiento, esas ansias de llegar a casa mientras íbamos en un bus 96, 204 o 63 ahora lo cambiamos por tiempo en el transito dentro de nuestros autos en la ciudad del futuro. Cambian las sustancias, cambian las décadas, cambia la tecnología, pero la pregunta permanece: ¿qué consumís para soportar la vida que elegiste? Como dice mi psiquiatra, somos los mismos cavernícolas egoístas y salvajes, lo que cambió fue la tecnología.

Ahora volvemos a Trainspotting desde otro lugar. Ya no somos aquellos adolescentes que entraban a un Videocentro de zona 10 con cada quien con su mara, recorrían los anaqueles y escogían una película que probablemente nunca tendría espacio en la televisión nacional ¿Se imaginan en Canal 3 o el 11?. Aquello también era parte de la experiencia. Alquilar un VHS implicaba buscar, escoger, llevarlo a casa y descubrir una película dentro de una textura de imagen que hoy parece prehistórica.

Cierro con esto: Trainspotting sigue siendo incómoda. Por eso suena Born Slippy y no escuchamos únicamente una canción de los noventa. Escuchamos el eco de una generación que alguna vez creyó que iba a comerse el mundo y ahora tiene que explicar qué hizo con esos 30 años. Te dejo unas preguntas para que respondas en las décadas por venir:

  • ¿Qué pasó con aquella carrera universitaria?
  • ¿Qué pasó con aquel proyecto?
  • ¿Qué pasó con la idea de cambiar el mundo?

No creo que Trainspotting haya envejecido. Creo que finalmente alcanzamos la edad que la película estaba esperando. 43 y contando.

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