Existe una tiranía en la crítica contemporánea que exige profundidad moral a cada fotograma proyectado, cada cinta debe ser genial y yo a veces soy de esos, pero solo si la cinta se vende así: Lo dejamos acá no ofrece eso. Con esta recomendación reivindico el derecho a la desconexión. Ante un catálogo de streaming saturado de productos defectuosos, encontrar una cinta de bajo presupuesto que sostiene su dignidad en la solidez de sus personajes y en la arquitectura de su guion resulta un acto de resistencia. Esta es una película dominguera, familiar, diseñada para enajenarse del entorno sin insultar la inteligencia del espectador. No busca transformar el mundo; busca suspenderlo un par de horas.
La premisa avanza sobre un terreno fértil para el absurdo. Un psiquiatra (Ricardo Darín… nunca sobra verlo en pantalla) decide tomar la justicia por sus manos y resolver en la práctica los conflictos de quienes se sientan en su diván. El guion no lanza un ataque contra la estructura del psicoanálisis argentino, sino que plantea un juego narrativo directo. La intervención transversal del terapeuta detona una reacción en cadena que expone la verdadera tragedia de sus pacientes. Cuando el problema inicial desaparece, los individuos buscan desesperadamente un nuevo culpable, entiéndase: dar la solución tampoco funcionó. Queda en evidencia la renuncia crónica a resolver los conflictos propios. La comedia de enredos funciona precisamente porque dinamita la comodidad de quienes asisten a terapia no para encontrar herramientas, sino para delegar culpas. Dicho esto, agreguemos a la receta del psiquiatra a la farsa del autor atormentado.

Diego Peretti, mejor mancuerna, imposible
El coprotagonista de esta historia pulveriza un cliché insoportable y quien mejor que Peretti. Lejos de cualquier decadencia moral o material, el escritor habita un apartamento envidiable, goza de solvencia financiera y disfruta la soledad que él mismo construyó. Este autor representa la cumbre de un éxito casi inexistente en el panorama literario latinoamericano y por eso funciona. La cinta se burla del estereotipo romantizado del autor marginal y alcohólico que sufre por sus letras. Aquí reina una opulencia que resulta tan distante de la realidad que termina provocando risa. Bebe licores finos, tiene un gato, solo él y sus obras, vaya si no es ficción… casi ciencia ficción.
La ejecución técnica acompaña la propuesta sin grandes alardes visuales, porque el peso recae en la dinámica de las actuaciones. El relato transcurre en una Argentina atemporal. No hay rastro de los conflictos económicos que inundan los noticieros de la actualidad. Los dramas exhibidos pertenecen a una clase media acomodada que padece fracturas emocionales, no carencias de supervivencia. El director presenta a un transgresor de las reglas terapéuticas frente a un grupo de personas atrapadas en sus propias neurosis.
Esta vez diré que el valor del séptimo arte no siempre reside en su capacidad para generar debates existenciales durante el fin de semana. A veces, su mayor relevancia consiste en reflejar nuestras evasivas cotidianas mediante la ironía.
No, no tenés que verla
La última entrega que publiqué en este sitio No le deseo a nadie una madre como la de Carrie (ni sus poderes o amigos) https://agenciauniversitariadenoticias.com.gt/opinion/no-le-deseo-a-nadie-una-madre-como-la-de-carrie-ni-sus-poderes-o-amigos/
vaticinaba de manera positiva y esperanzadora la serie Carrie, ya la terminé de ver y aunque inicia muy, muy bien, termina con un final malo, malo, perdí 7 horas de mi vida que jamás recuperaré. He visto series hasta el final y cintas que simplemente no recomiendo para no validarlas, pero creo que listaré a partir de ahora cintas o series que pintaban bien pero realmente son una pérdida de tiempo. Dicho lo anterior:
Carrie 2026
Below (Bajo la superficie) el final del último capítulo es ridículo. No te le acerqués.