Resulta inútil perder el tiempo escudriñando la brújula ética de Lars Von Trier cuando su cine se encarga de pulverizarla frente a nuestros ojos. Este es un cineasta que yo recomiendo por lo que presenta no por lo que dice o hace fuera de la dirección. Las cortes judiciales tienen la exclusividad para dictar sentencias sobre sus presuntos abusos; a nosotros nos compete diseccionar la brutalidad de su obra. Desvincular al artista de su arte es un ejercicio de madurez intelectual indispensable para adentrarse en la mente de un realizador que utiliza la incomodidad como manipulación de las audiencias. Vamos por partes, resulta fácil tacharlo de provocador barato, pero reducir su filmografía a un capricho de mal gusto evidencia una pereza analítica imperdonable. El individuo detrás de la cámara transforma la agonía en una textura cinematográfica insoportablemente lúcida. Su cine no llega a grandes salas de cine, pero con un poco de esfuerzo, las encontrarás en la red.
@gabrielaranafuentes
Para sobrevivir a esta inmersión, el espectador debe despojarse de cualquier expectativa reconfortante y someterse al ritmo claustrofóbico que dicta su creador. Hay escenas de abuso de sustancias, violaciones, humillaciones, pero son parte del mensaje que quiere presentar, el medio, no el fin. Dicho lo anterior, agrego que el recorrido exige iniciar con Dancer in the dark (2000), una bofetada despiadada a la frivolidad del musical clásico.
Aquí no existen coreografías diseñadas para generar sonrisas, sino un descenso progresivo hacia la injusticia más absoluta. La protagonista, interpretada por Björk, funciona como un cordero expiatorio en un altar donde la cámara al hombro y los cortes abruptos asfixian cualquier atisbo de esperanza.
El desenlace golpea con una crudeza que no admite anestesia. Si este nivel de crueldad narrativa resulta intolerable, la retirada es obligatoria, no sigás. Continuar significa aceptar un pacto masoquista con la pantalla. Todo lo que ves es a propósito: “el maquillaje es malísimo” no, no hay maquillaje, el director decidió reducir gastos para presentar una cinta cercana a la realidad.
La teatralidad del sufrimiento
El siguiente peldaño en esta escalera hacia el abismo es Dogville (2003). Von Trier aniquila la noción tradicional del decorado para filmar una obra teatral que desolla la hipocresía humana. Acá solo hay actores, no hay escenario, no hay utilería, ese es el primer reto. Eliminar las paredes físicas obliga al público a concentrarse exclusivamente en la degradación moral de los personajes, de Nicole Kidman para ser específico. El pueblo entero queda expuesto, trazado con tiza sobre un suelo negro que simboliza el vacío ético de sus habitantes. La tensión alcanza niveles insospechados porque el guión nos arrastra, línea por línea, a justificar la venganza más sanguinaria. La verdadera transgresión no radica en mostrar violencia gráfica, sino en hacernos cómplices silentes de la miseria colectiva. Una cinta sobre el poder del qué dirán, el chisme y el pensamiento de turba.

Esa misma exploración de la ruina psicológica culmina de forma majestuosa en la llamada Trilogía de la depresión, mi favorita –y seguro te dejará exhausto y pensando el fin de semana entero-. Antichrist (2009), Melancholia (2011) y los dos volúmenes sin censura de Nymphomaniac (2013) estructuran un tratado exhaustivo sobre el aislamiento. En Antichrist, la naturaleza se revela como una iglesia de Satán, un entorno hostil que devora el luto de una pareja fracturada –ojo, tiene escenas sexuales explícitas-.
Por su parte, Melancholia convierte el fin del mundo en un alivio estético para el alma deprimida, mostrando cómo el universo entero colapsa al compás de Wagner. Finalmente las dos partes de Nymphomaniac, acá el dolor deja de ser un simple recurso argumental para mutar en la atmósfera misma que respiran los protagonistas. Las escenas de mutilación o el sexo explícito jamás actúan como adornos escandalosos; operan como manifestaciones físicas del caos interno. Acá el tema sexual llega a ser incómodo y repugnante, quizá una de sus lecturas es que hay personas que solo eso tienen como moneda de cambio para no sentirse solas.
El reflejo de nuestros propios abismos
Comparar este trabajo con la obra de Gaspar Noé resulta tentador por la visceralidad compartida, pero los enfoques divergen. Mientras otros directores buscan impactar mediante el frenesí visual, el asedio del Von Trier es metódico, denso y profundamente cerebral. Sus secuencias de larga duración obligan a sostener la mirada cuando el instinto natural exige apartarla. No hay refugio posible. Cada fotograma está construido para detonar angustia, cansar e incomodar. El resultado puede ser el de hacerse preguntas que normalmente no nos hacemos.
Consumir el catálogo de Von Trier requiere una capacidad de atención absoluta y una disposición temeraria para enfrentarse a lo macabro. Sus relatos transitan por los callejones oscuros de la condición humana, mezclando referencias a la pintura renacentista con la aspereza del metal industrial.
Al final, la provocación definitiva no reside en lo que el director muestra en la proyección, sino en la perturbadora fascinación con la que observamos nuestra propia decadencia. La pantalla actúa como un espejo implacable que devuelve la mirada al observador, desnudando su morbosidad intrínseca.