La llegada de parte del catálogo de Mario Moreno a las entrañas de Netflix sacude el algoritmo y nos estrella contra un espejo grotesco y vital. Joven lector, no estamos invitados a consumir nostalgia, tampoco comedia inofensiva; estamos frente a un manual para identificar la mediocridad institucional, los feroces conflictos de clase y la impunidad sistémica de unas élites que operan bajo las dinámicas abusivas del siglo pasado. Todo desde la mirada del príncipe del lumpen, el héroe de clase sin capa: Cantinflas.
Puede que no le llame la atención estimado universitario, pero dale una oportunidad, afiná la mirada sobre la construcción del personaje del “pobrecito”, el “humilde” para entender que el político promedio cantinflea compulsivamente. El político gasta horas de saliva para no decir absolutamente nada, se enredan las explicaciones técnicas y se satura el aire de vocablos huecos con un único fin enfocado en confundir al ciudadano y evadir responsabilidades. Y eso es Cantinflas, él utilizaba esta densa verborrea como mecanismo de supervivencia ante un sistema judicial y social diseñado para aplastarlo por costumbre.
La astucia del desposeído frente al micrófono
Existe una distancia abismal entre la ejecución dramática del personaje cinematográfico y la parodia que escenifican nuestros gobernantes. La verdadera brillantez narrativa en los guiones de estas cintas radica en que Cantinflas articula su laberinto de palabras desde una vulnerabilidad absoluta y resalto que no fue una apología nauseabunda a la pobreza. Cantinflas es el individuo huérfano de recursos económicos, sin genealogía, familia y desprovisto de conexiones e incapaz de ejercer violencia física. Sin embargo, pronto descubre en la manipulación del lenguaje su única arma de resistencia efectiva. Esa astucia brillantemente disfrazada de cobardía es pedagogía dura, aprendida en el asfalto para enfrentar al poder: logra engañar a San Pedro y consolar al Diablo, se dió de cachetadas con Chabelo, fue cura, profesor y abogado. Él nos enseña directamente que cuando resulta imposible vencer mediante cheques o ráfagas de pólvora, queda la opción de sobrevivir desarmando al adversario usando la labia destructiva: si no puedes con ellos, confúndelos.

Una mirada para las nuevas generaciones
Netflix empaqueta este legado en HD, abriendo la puerta para que una generación alienada escudriñe un producto cultural que configuró el imaginario sociopolítico del continente durante décadas. Ver al antihéroe sortear a burócratas corruptos, policías prepotentes y empresarios indolentes, incluso al rico del pueblo significa asistir a una autopsia de nuestras sociedades latinoamericanas.
Un espectador mínimamente agudo notará de inmediato que la envoltura de comedia ligera es apenas un caballo de Troya. Los personajes secundarios que orbitan a Cantinflas representan instituciones putrefactas, autoridades parcializadas y aristócratas soberbios que mantienen idénticas posturas en los despachos ministeriales del presente y sus gigantes corporativos.
Sí, la nostalgia quema con Cantinflas. A algunos, al menos en Guate, nos arrastra a los sábados por la noche, con sus personajes en la pantalla y por cena, un tamal con café, sí en el proletariado le dan café a sus niños. Y ustedes, jóvenes cinéfilos denle una oportunidad, no se arrepentirán.