Benicio del Toro posee ese rostro semi barbado y áspero imposible de olvidar por su mirada agria. Sin importar el género en el que lo veamos, sabe exprimir al máximo esas condiciones físicas e histriónicas. Mi top cinco personal de sus interpretaciones incluye Snatch, The Usual Suspects, Fear and Loathing in Las Vegas, Sin City y, de forma indiscutible la dupla Sicario 1 y 2. Aquí encarna a Alejandro, un mercenario maldito fabricado por un engranaje mitad gubernamental mitad violencia social. Él opera como un lobo rabioso en absoluta calma, un depredador silente que jamás detiene su marcha hasta aniquilar su objetivo. Vea cuántos memes se han hecho de la cinta.
Pocas veces el cine de acción contemporáneo logra un guión tan tremebundo, firmado por el entonces debutante Taylor Sheridan, respaldado por la dirección magistral de Denis Villeneuve. El cineasta construye una estética cruda y dramática que ahora es su sello, sino revisitemos Duna. En este descenso a los infiernos, Emily Blunt da vida a Kate Macer, una agente idealista anegada en la brea gris de la lucha contra el narcotráfico, su personaje es la del agente que cree en el sistema. Macer busca obedecer procesos institucionales dentro de un ecosistema que escupe sistemáticamente sobre la ley. Si Del Toro es el depredador sigiloso, Josh Brolin, bajo la dura piel de Matt Graver, encarna al lobo rabioso obligado a mantener la compostura para lidiar con la burocracia de Washington, pero ambos, son lobos de la misma loma.
Macer entra al matadero como un cordero cubierto con piel de lobo. El argumento nos estrella sin piedad contra una justicia redactada con la caligrafía del diablo. Es una narrativa clara pero engañosa y letal. Macer representa ese mundo ilusorio del acusado, el debido proceso y la condena judicial dictada por un tribunal. Ese mundo resulta puramente ficticio en la árida geografía de la droga. Resulta casi imposible no apretar el gatillo al tener enfrente a quien ordena masacrar a decenas de inocentes. Sicario transcurre físicamente en la frontera entre México y Estados Unidos, pero su verdadera historia se inspira en esa línea borrosa entre la ficción y nuestra realidad cotidiana, donde ocurren los descuartizamientos, las ejecuciones extraoficiales y las trampas gubernamentales.

La continuación, The Day of the Soldado, sostiene esa misma crudeza narrativa. Aclamé la primera parte y celebré la segunda entrega con idéntica fuerza (mismo guionista y en la dirección: Stefano Sollima) Acá, Alejandro sigue inmutable frente al caos. La cinta obliga al espectador a cuestionar qué haría en las botas de estos mercenarios al quedar varado en el desierto con la remota opción de huir o la pulsión visceral de cobrar venganza. El verdadero peso dramático recae en los silencios sostenidos. Acá ninguna pieza sobra, desde el cínico secretario de defensa James Riley (Matthew Modine) hasta el humilde granjero que lanza un salvavidas vital en medio de la nada a Alejandro. Si quitás un solo personaje, la compleja maquinaria argumental colapsa de inmediato. Y ahí incluyo al personaje de Isabela Moner a cargo de Isabela Merced (entonces firmaba como Isabel Reyes).
La narrativa nos arrastra a una guerra frontal entre los sanguinarios cárteles y las oscuras agencias de seguridad nacional, ahora con el trasiego de humanos como nuevo enemigo a vencer. Esa premisa es solo la tapadera comercial. Lo que esconde el fondo resulta mucho más complejo y atroz para la condición humana. Fiel a la tradición de esta saga, la banda sonora asume el rol de un personaje omnipresente y asfixiante que marca el pulso de la tragedia.
La secuela funciona por sí sola. El espectador no necesita revisar la obra original para disfrutarla, aunque el bagaje previo ayuda a desentrañar las verdaderas motivaciones de Alejandro y Graver. Resulta un ejercicio morboso imaginar qué haría el personaje de Emily Blunt ante esta nueva crisis de valores institucionales. Vemos un rostro descarnado de la migración forzada y una política exterior cínica, regida por la brutal ley del sálvese quien pueda.
Estas dos obras maestras son precisamente un razonamiento feroz sobre la violencia institucionalizada. No creo que el estudio logre consolidar una trilogía a estas alturas, pero el intento sería fascinante de observar. Al final del recorrido, el sistema devora a sus propios hijos y nos deja con la sangre seca en las manos, obligándonos a tragar la enorme mentira de que alguien, en algún lugar de los gobierno del mundo, respeta las reglas morales y éticas.
