Hollywood mastica la tragedia histórica y la escupe con un cinismo calculado, y sobre todo, si el tema es la Gran Guerra Patria o la Segunda Guerra Mundial. Con Nuremberg (2025), la maquinaria cinematográfica crea un artefacto que vende lo mismo de siempre con distinto empaque a cada minuto de metraje; debo insistir en que es una cinta inspirada en hechos reales con VARIAS licencias, muchas cosas no ocurrieron como la cinta nos lo hace ver.
Nos ofrece una narrativa pulcra sobre la justicia vencedora, pero la realidad de los hechos bélicos rebasa cualquier intento de ocultamiento propagandístico. Vi la cita el año pasado pero ahora está disponible en los servicios de streaming, razón por la que la repaso y quiero explicar por qué la recomiendo.
El guión tropieza con su propia ambición pero la cinta entretiene, revela poco a poco lo que quizá ocurrió en aquellas salas de interrogatorio. Creo que la producción asume un riesgo monumental al sugerir un mensaje soterrado que de unos años acá hace eco en el mundo: “Los nazis perdieron la guerra, pero el fascismo conquistó la psique moderna”. Recomendar esta obra como un documento para historiadores resulta un acto de ceguera intelectual; su genuino valor radica en consumirla como una ficción perturbadora sostenida por colisiones actorales de alto calibre, sí, lo digo por Russell Crowe.
El depredador y la presa equivocada
En esta producción, dirigida y escrita por James Vanderbilt, toda la estructura dramática de los juicios posteriores a la Segunda Guerra Mundial exige un duelo semántico implacable, es lo que celebro de la cinta. El psiquiatra Douglas Kelley representa la brújula moral e inquisitiva aliada frente al abismo totalitario gemánico. Sin embargo, la elección de Rami Malek para este rol constituye la fractura más grave de la ejecución fílmica. Su debilidad actoral no llega al extremo trágico de aniquilar los enfrentamientos verbales, pero deja un vacío insondable en la pantalla –en buen chapín, no se le cree el papel-. Imaginar a un Edward Norton o a un Colin Farrell asumiendo ese bisturí psicológico acentúa la frustración de presenciar un combate disparejo. Malek deambula por el set arrastrando una fragilidad que resta contundencia y aplomo al bando aliado. Y no es primera vez, luego de Bohemian Rhapsody no ha levantado un gran papel. No pudo con Daniel Craig en 007, con Russell Crowe tampoco lo lograría.

Pero, ante esa carencia de peso específico, Hermann Göring encuentra el ecosistema perfecto para adueñarse de la película entera. Acá, Russell Crowe no interpreta al Reichsmarschall (Mariscal del Reich); lo devora, lo mastica y lo escupe con una brillantez aterradora. Su Göring luce como el depredador intelectual absoluto, desmantela el mito consolador que dibuja a la cúpula del Tercer Reich como una camarilla de idiotas impulsivos cuasi caníbales. Crowe dota al estratega de una lógica aplastante y un carisma letal. Cada mirada suya confirma que el “mal absoluto” requiere mentes extraordinarias para operar con tanta eficacia. La propaganda estadounidense palidece cuando este prisionero toma la palabra y domina la habitación pese a tener un uniforme raso degradado y sin medallas.
La delgada línea de la neutralidad
La narrativa transita por un sendero ideológico sumamente resbaladizo, muestra por momentos a Adolf Hitler como un síntoma de una sociedad asediada. Retratar la Alemania de los años 20 y 30 bajo un lente en el que desaparecen las fronteras entre víctimas y victimarios constituye una decisión audaz, pero radioactiva. La cinta incluso critica la postura beligerante aliada. Nadie sale impoluto en los diálogos, y por eso recomiendo a medias esta cinta.
No, la cinta no es una apología nazi, ni estas palabras tampoco lo son. Pero hay una escena que gira en torno a un problema de traducción. A Goring se le acusa de dar una orden militar que representa el cénit de la historia, pero la orden no habla de exterminio judio, habla de migración judía. Ese instante preciso permite que la duda germine en la butaca. Las palabras pierden su significado. Solo por esa escena la cinta se justifica, eso y cómo resuelven ese impasse, que no lo diré para no generar una revelación innecesaria.
Entender la obra exige separar el entretenimiento de la academia. Esto no es un documental. Quien busque aprender historia terminará consumiendo dosis de propaganda aliada diluida en discursos cinematográficos. La verdadera virtud del filme radica en exponer una manera de pensar, una arquitectura mental que justificó una guerra. La incomodidad que genera el largometraje no nace de las atrocidades descritas, sino de la lucidez con la que el derrotado justifica su propia existencia.
El tribunal sentenció a los hombres, pero dejó intacta la semilla ideológica. Erradicar el fascismo de la condición humana parece una batalla inútil. Es ahí donde cobra relevancia el personaje Rami Malek, su personaje nos lo hace ver, pues al final no hubo vencedores.