Para la TV nacional seguimos en 1983 (o más atrás)

Mi nuevo trabajo vino con una peculiaridad colateral que ningún contrato pudo haberme advertido: me obliga a ver televisión abierta. Luego de una jornada de trabajo enciendo el televisor en la habitación de hotel y sin proponérmelo veo canal 3, 7, 11 y 13… Entonces las joyas de la corona chapina me recuerdan que poco o nada ha cambiado.

Fuera de la burbuja capitalina, lejos del confort de los algoritmos, el streaming en 4K y la ilusión de control que nos venden las plataformas digitales, me encuentro de pronto atrapado en la dimensión desconocida. Sea en un hotel en San Pedro Sacatepéquez, San Marcos; Nebaj, Quiché o San Carlos Sija, Quetzaltenango, enciendo la tele y ruge con la estática del pasado. Pero hago la distinción: no hablo de los canales verdaderamente locales de cada departamento, esos tienen su propia producción incluso más, de ellos no hablo, sus aportes deben ser medidos con otra vara.

Pero regreso al tema de la tv abierta. Encendés la tele y descubrirás no sólo nostalgia; verás que es un fenómeno paranormal de la cultura de masas. La televisión nacional no está viva, pero se niega a enterrarse. Sigue pedaleando una parrilla de programación diseñada para 1990.

Tele congelada

No hablo de una repetición dominical piadosa, de cine del recuerdo o programación retro tipo TCM. Hablo del plato fuerte del día a día, encendés la caja boba y te topás con: El Hombre Nuclear (1974), El Auto Fantástico (1982) y Los Magníficos (1983). Reliquias de una era donde un teléfono celular era pura ciencia ficción especulativa, y aca son transmitidas una y otra vez como si alguien hubiese desenterrado una caja fuerte en el sótano de un canal regional y decidido que esos VHS viejos bastaban para alimentar a una audiencia en pleno siglo XXI.

Nadie en su sano juicio diría que esas series fueron malas. Tuvieron su gloria, su estética de golpes secos, explosiones baratas y héroes incorruptibles… jugamos a que éramos ellos en nuestra infancia. Yo mismo siento un chispazo eléctrico de placer al escuchar el rugido del motor de KITT o al ver a Michael Knight desafiar las leyes de la física mientras Fas encanta mujeres en A-Team. Pero una cosa es rendirle culto a la nostalgia en un espacio reservado —un bloque de medianoche llamado «Clásicos» o «Televisión de ayer»— y otra muy distinta es convertir la nostalgia en una doctrina de estado televisivo.

Mucha nostalgia empacha

Eso nos obliga a abandonar la comodidad del espectador y hacer la pregunta podrida: ¿la culpa es de los ejecutivos de las cadenas por mediocres, avaros y ahorrativos, o de una audiencia que, por costumbre y analfabetismo de consumo, valida esta programación pasiva sin parpadear? La respuesta corta es que el sistema está diseñado para que ambos se pudran juntos… tomémonos de las manos y recorramos este valle de lágrimas.

Estamos presenciando una falla sistémica en tres frentes: falla la televisión como servicio público de entretenimiento, falla una industria de producción local escuálida y acobardada, y falla un mercado publicitario cobarde que jamás financia el riesgo de una idea nueva, no puede ser que lo más innovador, exitoso y reciente sea Combate.

La TV nacional siempre se ha escudado en los costos. Producir en Guatemala cuesta dinero: infraestructura, estudios, dramaturgos, actores, camarógrafos. Todo cuesta. Ahora un pensamiento falaz –o quizá no–: “como la gente no confía en la calidad de la producción nacional, no la consume; como no la consume, las marcas no invierten; como no invierten, no se produce nada; y como no hay nada nuevo que juzgar, los ejecutivos desempolvan por milésima vez al farsante del Chavo del Ocho, o Betty la fea, El Cartel de los Sapos y un lote de series gringas que tienen más canas que quienes las están viendo. Es el círculo vicioso perfecto de la apatía. Y no digo que Betty o Pedro el escamoso sean chistosos, claro que los ví, pero ya cumplieron su función.

Además, creo que hay una ingenuidad casi trágica en esta estrategia. ¿De verdad alguien cree en las oficinas de los canales que El Auto Fantástico o Los Magníficos van a competir hoy contra el gancho dopamínico de TikTok o el catálogo infinito de netflix que los muchachos llevan en la pantalla de su celular? Es un delirio comercial.

Me pregunto si este estancamiento de la parrilla es una patología exclusivamente guatemalteca o un mal extendido como peste por toda Centroamérica. Quiero creer que en otros lados se superó esta etapa de fosilización, pero me temo que compartimos la misma fosa común mediática, donde el espectador del interior —para quien la televisión abierta sigue siendo la única ventana gratuita disponible— es condenado a la dieta de lo que sobró del siglo pasado.

La televisión abierta no puede seguir funcionando como el equivalente a una radio AM que alguien dejó encendida en una bodega porque todavía echa chispas. Tiene la responsabilidad social y cultural de decidir qué pone frente a su gente, un deber que Netflix no tiene. Queremos ver a KITT, sí. Pero también necesitamos saber qué tiene Guatemala para decirse a sí misma hoy, en su propio lenguaje, con sus propios riesgos y con sus propios errores.

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